/ ¿Cómo se determina el valor real de un jugador?

 ¿Cómo se determina el valor real de un jugador?

Cada variable concebible se toma en consideración, lo objetivo y lo subjetivo, además de los miles de puntos de datos en los que se desglosa el rendimiento y los resultados de un jugador, a la ecuación se le suman factores como la edad, la posición, la nacionalidad, la duración del contrato y el valor comercial. De la misma manera lo hacen el poder adquisitivo del club en el que militan, el costo de sus pares y, ajustando la inflación, de sus predecesores.

Como dijo el año pasado el entrenador del Chelsea, Antonio Conte, esta es la era “loca” del fútbol. “En general, los precios son demasiado altos; el mercado es una locura”, dijo Conte. “Cuando quieres comprar a un jugador, el costo es muy alto, no es el valor real del futbolista, es una situación muy extraña”.

Lo que ha sucedido hasta ahora, antes de que se abra la ronda de negociaciones, solo ha agravado esa impresión. Desde hace mucho tiempo, las personas dentro del fútbol se han ido acostumbrando cada vez más a la escalada en la inflación de los precios que ocurre debido a la riqueza de la opulenta Liga Premier (Inglaterra), el aumento de las ganancias de los superclubes del continente europeo y la amenaza constante de las fortunas que ofrecen los equipos de la Superliga china.

Lo que deja desconcertados a todos, incluso a los que trabajan para seguir el paso del mercado de transferencias, es que no hay un patrón en los precios que les ofrecen. Parece que nadie tiene la certeza de cuál es exactamente, en palabras de Conte, “el valor real” de un jugador.

Por ejemplo, el Everton tasó a su delantero, Romelu Lukaku, en 100 millones de libras (cerca de 126 millones de dólares), la misma cantidad que tendría que pagar el Barcelona para liberar al mediocampista italiano, Marco Verratti, del Paris Saint-Germain. No obstante, más allá de sus edades (24 años), Lukaku, un poderoso delantero belga, y Verratti, un armador italiano técnico y creativo, tienen poco en común: no comparten ni la posición ni el pedigrí.

Incluso los precios de los futbolistas que en teoría podrían ser comparables no brindan ninguna señal clara. Recientemente, el Manchester United pagó al Benfica 30 millones de libras (casi 38 millones de dólares) por una de las joyas de su corona: Victor Lindelof, un defensa sueco de 22 años. Pero el Liverpool pide la misma cantidad por Mamadou Sakho, un defensa cinco años mayor que Lindelof, al cual el entrenador Jürgen Klopp marginó durante gran parte del año pasado. El Southampton cree que su defensor Virgil van Dijk vale el doble que Lindelof y Sakho.

Parece que cada vez es más común que la gente levante un dedo al aire y vea para dónde corre el viento. Hace unas semanas, por ejemplo, el Stoke City podría haber contemplado una oferta de 30 millones de libras por su joven arquero inglés, Jack Butland. Sin embargo, después de que el Everton aceptó pagar la misma cantidad al Sunderland por otro guardameta inglés, Jordan Pickford, el Stoke City ajustó la cantidad como correspondía. Butland sigue siendo el mismo jugador, solo que ahora le costará mucho más al equipo que desee comprarlo.

Por supuesto que el mercado puede mover los valores, pero también lo puede hacer el entorno. El año pasado, cuando el Newcastle United descendió de la Liga Premier, sabía que tendría que vender a sus dos activos más jugosos, el mediocampista francés Moussa Sissoko y el extremo holandés Georginio Wijnaldum.

En privado, el club creía que 15 millones de libras por cada jugador sería un precio razonable. Cuando el Real Madrid se interesó por Sissoko y sugirió, de la nada, que estaría dispuesto a pagar el doble de esa cifra, el Newcastle puntualmente aumentó su valor. Y cuando en los medios surgió la noticia de que Wijnaldum podría alcanzar el precio de 25 millones de libras (y sus dos pretendientes más activos, Everton y Liverpool, no perdían los ánimos), el Newcastle hizo lo propio con él. Los dos futbolistas partieron pronto, cada uno a un nuevo precio.

Ese fue un ejemplo extremo, pero en muchos clubes poner un precio sigue siendo un asunto de instinto, de corazonada. Igli Tare, el director deportivo del club italiano Lazio, considera muchas de las mismas métricas que tomaría un sistema más formal (“la edad, la importancia para el equipo, la calidad de su juego en las últimas temporadas”), pero dijo que su último filtro era su “conocimiento y comprensión del mercado de transferencias”.

Georginio Wijnaldum, a la derecha, y Moussa Sissoko, su compañero de equipo en el Newcastle United, el año pasado. Los dos jugadores salieron del Newcastle a precios mucho más altos de los que había pagado ese equipo por ellos.

Esa aproximación instintiva y personal se repite en todo el continente europeo, lo cual fomenta un intenso ambiente de sigilo: pocos equipos y directivos están dispuestos a hablar abiertamente sobre la manera en que ponen los precios que aceptarán, o pagarán.

“Es como una receta secreta para cada club, la cual solo es conocida en el club y en nuestros libros”, afirmó Olaf Rebbe, director deportivo del Wolfsburgo de la Bundesliga. “Cada club decide a su manera cuánto cuesta un jugador, y eso podría ser completamente diferente según tu opinión”.

Esta razón también hace que el mercado de transferencias tenga su capa externa de caos; da la sensación de que incluso los expertos se mueven a tientas: cada club y cada individuo actúa según un sistema de valores que solo ellos conocen, y están dispuestos a cambiarlo según el caso. “Cada jugador depende mucho de los detalles”, agregó Rebbe.

Tanto Rebbe como Tare, por ejemplo, insistieron en que, sin importar el comprador, ellos trabajan “con un precio en mente” cuando venden a un futbolista. No obstante, los clubes ingleses se han quejado porque creen que de manera rutinaria les dan cantidades más altas que a los equipos de Alemania, Italia y España, al momento de comprar jugadores en Europa.

Con razón hay tantos equipos que perciben el modelado de precios de transferencia como una labor demasiado ingrata para contemplarla. A pesar de que el Manchester City, el Liverpool y el Chelsea trabajan con un tipo de metodología formal, el equipo de StatDNA, la rama analítica del Arsenal, argumenta que cada traspaso depende mucho del contexto para poder crear una aproximación coherente.

Incluso quienes han pasado mucho tiempo en esto, aceptan sus limitaciones. “Hemos construido modelos para las valoraciones del mercado”, explicó Henry Stott, fundador de Decision Technology, una consultoría de investigación que brinda consejos a varios equipos de alto perfil. “Sin embargo, son buenos hasta cierto punto, porque hay un millón de factores que no se observan”.

En cambio, Stott, quien tiene un doctorado en ciencias cognitivas, y su equipo de académicos se concentran en ofrecer una “cantidad racional para un precio de reserva”, se trata de tener una idea de cuál es el estimado del valor de un futbolista en términos monetarios.

Al utilizar la información para establecer un sistema confiable con el cual se pueda calificar a los jugadores en cualquier posición con base en su habilidad, Stott dijo que pueden intentar establecer el efecto que tendría en un equipo “sacar a un jugador y poner a otro, y lo que esto significaría en términos de la probabilidad de evitar el descenso, calificar a un torneo europeo o saber en qué lugar terminará en la liga”.

Eso produce lo que Stott llama un “valor intrínseco”. La mayoría de las personas que trabajan en el medio coinciden en que es información útil, aunque el “precio intuitivo” habitualmente sea distinto y suela ser una cifra mucho mayor. “El precio del mercado lo determinan la disposición de vender y la disposición de comprar”, mencionó Stott, así como otros factores. “Por ejemplo, se paga menos a clubes pequeños por jugadores del mismo calibre”, agregó.

Los modelos, la ciencia, la investigación, todas esas horas de trabajo y toda esa capacidad intelectual solo llevan a un equipo hasta cierto punto. Finalmente, no importa el valor real de un jugador, o cuán infladas o inexplicables parezcan las cifras, la única medida de valor que cuenta es lo que se esté dispuesto a pagar.

Stott argumentó que no es su trabajo establecer ese precio. “Se lo dejo al equipo de negociación”, dijo. Él restringe su consejo a un mensaje simple: “Si se puede obtener al jugador por esa cantidad o menos, adelante”, le dice a sus clientes. “Pero si hay que pagar más, tal vez sea mejor no hacerlo”.

fuente: The New York Times